Lugares ya no comunes: “izquierda”

Bases para una praxis política anticapitalista • Por Paolo Virno

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Paolo Virno, fotografía de Nora Parcu

Paolo Virno, fotografía de Nora Parcu

Original en italiano: Il Manifesto, 29 de diciembre de 2023 • Traducción: Dazi Bao

Entre las ideas, o palabras-talismán, de las que es bueno y justo despedirse, hay algunas que se han vuelto patéticas (“derechos”, “pueblo”, “refundación”, por ejemplo), que merecen la sonrisa que se reserva a las cosas viejas de pésimo gusto, botín de los chatarreros y del Partido Democrático (PD). Pero hay otras palabras-talismán, tenaces como la maleza, soberbias y presumidas, capaces de obstaculizar por mucho tiempo la reanudación de la lucha de clases en el seno de un capitalismo que ha arrasado con los talleres de Ford y Taylor. En este segundo grupo de conceptos, no solo vacuos sino también nocivos, destaca el de “izquierda”.

Herencia de la Revolución Francesa, la noción de izquierda le calza a la plebe, no al trabajo asalariado; remite a los excluidos y los marginados, no a los obreros de fábrica. La corriente política, pero también y sobre todo sentimental, llamada “izquierda” ha luchado una y otra vez por el “desarrollo de las fuerzas productivas”, ignorando con total tranquilidad la guerra civil latente que se gesta al interior de ese desarrollo (basta pensar en el “mors tua vita mea” [tu muerte, mi vida] respecto de las horas extras y los ritmos de trabajo). La cultura de izquierda ha invocado la “unidad nacional” y el respeto a las prerrogativas del Estado soberano, aunque esa unidad no se haya privado de votar a favor de la guerra mundial (voto otorgado en 1914 por todas las socialdemocracias europeas) y ese respeto pueda implicar la aceptación de leyes especiales y cárceles de máxima seguridad (como ocurrió en los años del “compromiso histórico”).

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La necesidad de abandonar sin vacilaciones el territorio desolado que en los mapas lleva el nombre de “izquierda” se percibe al echar un vistazo a los años setenta del siglo pasado. Fueron los años en los que tuvo lugar el primer y único intento de revolución comunista en el seno del capitalismo maduro. Ni rastro de lucha contra el atraso; ninguna “cuestión campesina” que resolver combatiendo el hambre y la pelagra; rápido abandono del amor afectado por los últimos y los marginados, tan apreciado por los primeros y por los bien integrados (todos de izquierda, of course). El catálogo fue este: ralentizar los ritmos de producción, dejar sin sentido a quienes se arrogaban el derecho de establecerlos, cortar las horas extras, arrancar aumentos iguales para todos sobre el salario de base, arrinconar a las direcciones empresariales, discernir en todas las esferas de la vida en sociedad (escuela, transporte, medios de comunicación, organización de los lugares de residencia, etc.) dos intereses contrapuestos, entre los cuales un compromiso es tan probable como la conversión de los gorriones a la castidad. Ninguna de las propuestas de este catálogo cuenta con la simpatía del progresismo enamorado de los derechos civiles; todas, por el contrario, le provocan repugnancia.

Mal visto por la izquierda fue, entonces, el para nada amable poder obrero que se había afianzado dentro de las fábricas y luego también en la esfera pública metropolitana. Mientras los reformistas contagiados por Pasolini execraban las “necesidades inducidas” por la sociedad de consumo en el bajo pueblo, que hasta entonces se había caracterizado por una admirable sobriedad, los obreros de fábrica, deseosos de consumir velozmente los bienes de este mundo, hicieron todo lo posible (un “posible” convertido en tal, esto es, posible, solo por el hecho de ser a menudo ilegal) para sacarse de encima esa horrible necesidad inducida que es el trabajo asalariado. Para nada de izquierda, el deseo de disfrutar al máximo el propio aquí y el propio ahora remitía, en todo caso, a un significado razonable de la palabrita “comunismo”.

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El éxodo de ese lugar insalubre en el que se oficia el culto al progreso, iniciado en los años setenta gracias al intento de revolución comunista que entonces se puso en escena, es ahora un hecho consumado, una realidad empírica de enorme relevancia a pesar del estrepitoso fracaso de esa revolución. La multitud que produce con el lenguaje y con trozos de saber, para la cual no existe ya una frontera precisable entre tiempo de trabajo y tiempo de la vida, ha metabolizado una ruptura irreversible con la izquierda, con su claudicante doctrina y su praxis tan benéfica como un gas pimienta. No tiene nada que ver con la adoración del Estado, la exaltación del pleno empleo, la idea de ciudadanía que el progresismo reformista ha exhibido a modo de documento de identidad a lo largo de todo un siglo.

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Tres principios constitucionales, creo, podrían inspirar, hoy más que nunca, una praxis política alejada de la izquierda, pero sin duda comunista (comunistas, por lo tanto, no de izquierda: he aquí una inferencia irrefutable, para tener siempre presente). El primer principio es la plena actualidad de la abolición del trabajo asalariado. Marx escribe que no debe ser liberado, dado que en todos los países modernos ya es libre, sino suprimido como una desgracia intolerable. Además de constituir desde el principio una calamidad, en las últimas décadas el trabajo asalariado se ha convertido también en un costo social excesivo. Hay algo superfluo, incluso parasitario, en el trabajo bajo patrón cuando el pensamiento y el lenguaje demuestran ser el recurso público –es decir, el bien común– que más contribuye a satisfacer necesidades y deseos. Para quien esté necesitado de frasecitas marxianas: hay algo parasitario en el trabajo asalariado cuando el proceso de reproducción de la vida es encomendado al general intellect, al intelecto general de una multitud.

El segundo principio constitucional que consagra la despedida definitiva de los defensores de los derechos de ciudadanía es la destrucción de la soberanía estatal. Siempre y cuando adoptemos, al menos por un momento, la definición que de esta última ha propuesto un jurista nazi, mimado sin discreción por los filósofos de izquierda en los últimos treinta años. Según Carl Schmitt, la soberanía estatal consiste por completo en el “monopolio de la decisión política”. Pues bien, se escapan de la jaula del reformismo progresista aquellos que, lejos de planificar transformarse en un sujeto social diferente, pretenden socavar y extinguir dicho monopolio. Al rechazar la “toma del poder”, el antimonopolismo de los muy jóvenes y de los desertores que, por ser comunistas, detestan el socialismo se vale de todo tipo de tácticas: compromisos prudentes e invención de instituciones respetadas precisamente por ser ilegales, secesión y participación. La palabra clave a la que recurrir tras la era del reformismo estatal, es decir, el éxodo, indica ante todo el conjunto muy variado de decisiones políticas que permiten dejar atrás el Egipto en el que impera el monopolio de la decisión política.

El tercer principio de una política ya no de izquierda es la meticulosa valorización de todo lo que hay de único e irrepetible en la existencia de cada miembro de nuestra especie. Se podría decir que, en nuestra época, se paladea la posibilidad de un individualismo que, por fin, no sea caricaturesco. De un individualismo, por lo tanto, en el que la singularidad del individuo sea el resultado complejo de la relación con lo que es común, compartido e impersonal al máximo. El pronombre “yo” desciende del desprestigiado y sin embargo muy digno “se” (se habla, se juega, se ama, etc.). A este linaje aludió Marx con la expresión “individuo social”. Es la trama colectiva de la experiencia (“social”) lo que hace que resplandezca, finalmente, una variación incomparable (“individuo”).

Estos principios constitucionales, lejos de señalar un melancólico sol del porvenir, forman parte de nuestra experiencia inmediata. Definen el terreno de la posible lucha anticapitalista, lo delimitan y lo configuran, apartándolo con serena determinación de esa historia de un loco narrada por un borracho en la que se ha convertido, en los últimos años, la izquierda política y cultural.


Filósofo, semiólogo, docente y militante del obrerismo italiano, Paolo Virno (1952-2025) fue miembro de la organización Potere Operario, protagonista del llamado “movimiento del 77” y cofundador de revistas como Metropoli, Luogo Comune y Forme de vita. En 1979 fue arrestado y encarcelado junto con el resto de la redacción de Metropoli y una gran cantidad de militantes del obrerismo y el movimiento de la Autonomía italiana, bajo acusación de acciones subversivas contra el Estado y terrorismo. Tras varios años de persecución judicial y reclusión, en 1987 fue –junto con muchos otros– absuelto de todos los cargos. A partir de allí, se dedicó a desarrollar investigaciones teóricas en relación con las transformaciones sociales ligadas al despliegue del posfordismo y las interrelaciones entre trabajo, lenguaje y acción política.

Algunos de sus libros publicados en castellano son: Convención y materialismo, Virtuosismo y revolución. La acción política en la era del desencanto, El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico, Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas, Palabras con palabras. Poderes y límites del lenguaje, Ambivalencia de la multitud, Cuando el verbo de hace carne. Lenguaje y naturaleza humana, Sobre la impotencia. La vida en la era de su parálisis frenética y Tener. Sobre la naturaleza del animal locuaz.