Original en italiano: Il Disertore, 17 de agosto de 2026 • Traducción: Dazi Bao
Me parece que en el debate contemporáneo nos abstenemos de sacar las (obvias) consecuencias de lo que ya sabemos sobre la evolución del clima, de la historia humana y de la tecnología, debido a un doble (inconfesable) sentimiento de vergüenza.
En primer lugar, la vergüenza (ética) que deriva del hecho de que hemos renunciado a luchar contra lo inhumano porque la resistencia nos parece inútil.
Pero también por la vergüenza intelectual de tener que decir algo que todos ya saben, aunque todos finjan no saberlo: que la vida humana se ha vuelto tan miserable y carente de placer y de amistad, que su extinción –que sabemos que es inminente– es nuestra única (inconfesable) esperanza.

Retroalimentación positiva...
Si el bosque vive
viviré también yo
Si el bosque muere
moriré también yo
QUEREMOS UNA NATURALEZA VIOLENTA
CONTRA EL SER HUMANO MUERTO
(Bosco Ospizio, Reggio Emilia)
El 4 de julio debía ser un día de festejos por el 250.º aniversario de la entidad nacional que está llevando a la humanidad hacia un final horrible. Sin embargo, los festejos fracasaron debido al calor. En Washington estaba previsto un desfile militar, pero fue cancelado debido a las temperaturas en vertiginoso aumento. En las semanas siguientes, el humo de los incendios forestales canadienses envolvió a Toronto y a muchas otras ciudades de la costa este.
El verano de 2026 sanciona la irreversibilidad de la catástrofe climática que, en poco tiempo, volverá imposible la vida en gran parte de la Tierra.
Las observaciones desde el espacio muestran que la luminosidad de la superficie terrestre está disminuyendo: vista desde lejos, la Tierra se ve cada vez más oscura. Los científicos explican que es signo de una rápida y alarmante disminución del albedo terrestre, es decir, de la capacidad reflectante de la superficie del planeta. Al reflejar menos luz solar, la Tierra absorbe más energía –sobre todo en los océanos– y así acelera el aumento de las temperaturas globales. Este fenómeno de oscurecimiento actúa como un amplificador imprevisto y poderoso del cambio climático. El calor derrite los hielos; en consecuencia, la reflectividad disminuye, la Tierra se calienta aún más, el calor derrite aún más hielo y así sucesivamente.
Es lo que se denomina “feedback positivo”, retroalimentación positiva: cuando una caldera alcanza una temperatura excesivamente alta, el termostato debería apagar la llama. Pero si al termostato se le cruzaron los cables, el fuego se intensifica a medida que sube la temperatura.
Esto significa que estamos en un callejón sin salida. Por lo que sabemos, el calentamiento imparable de la Tierra está destinado a volver al planeta inhabitable durante la vida de la generación actual.
Es comprensible que la procreación se esté deteniendo en todas partes, como en una película de Alfonso Cuarón (no tan buena) basada en una novela de P. D. James, Children of men (Niños del hombre).
Los teólogos hablaban en otro tiempo de katechon para definir una fuerza capaz de preservar las entidades a la espera del eschaton.
El katechon es la fuerza que contiene lo que existe del colapso final.
“El poder que frena impide que la anomia se manifieste en toda su potencia catastrófica para conservar la Tierra en vista de la llegada del Hijo del hombre” (Francesca Monasteri, Katechon, Bollati Boringhieri, 2023, p. 13).
El katechon es la fuerza que impide que el mundo se disuelva en el caos, conteniendo las fuerzas opuestas para evitar la desintegración.
En la versión propuesta por Pablo de Tarso, esta fuerza es de naturaleza teológica, pero en la era moderna habíamos aprendido a reconocer el katechon en ese conjunto de fuerzas físicas, dispositivos técnicos e instituciones políticas que actuaban como contrapeso técnico y político capaz de mitigar los efectos extremos provocados por la “civilización”.
Así como la Naturaleza contaba con mecanismos para moderar el calor excesivo, como el albedo, el derecho internacional apuntaba a contener los excesos de la agresividad militar.
Los físicos lo definen como “feedback negativo”, retroalimentación negativa: en un sistema dinámico, la retroalimentación negativa apunta a restablecer el equilibrio cada vez que el sistema se ve desestabilizado por factores externos o internos. En el caso de los organismos vivos (como el cuerpo humano o el cuerpo social), se utiliza el término “homeostasis” para describir el proceso continuo de restablecimiento del equilibrio mediante una reacción que contrarresta la fuerza desestabilizante de la entropía.
La integración de un sistema dinámico se vuelve posible gracias a un conjunto de retroalimentaciones negativas.
Por el contrario, el feedback positivo (o feedback de amplificación/autorrefuerzo) es un proceso cuyo resultado refuerza el efecto disgregante, generando un efecto de aceleración del desorden.
En esta retroalimentación positiva, el impacto de una perturbación en el sistema conlleva un incremento de la acción perturbadora.
La locura política de nuestro siglo es, en esencia, esta: el predominio de la retroalimentación positiva sobre la negativa, lo que en términos teológicos se podría definir como la eliminación del katechon.1
El fascismo (y el fanatismo en general) se basa en la idea de que, cuando la situación se precipita debido a medidas políticas agresivas, la solución consiste en medidas políticas aún más agresivas. Fascistas son aquellos que creen que un mayor extractivismo sanará los efectos del extractivismo pasado y que una mayor ferocidad someterá las energías psicopolíticas que esa misma ferocidad ha desatado.
Durante mucho tiempo, los marxistas hemos creído que el capitalismo terminaría por llevar a una forma superior de civilización (el socialismo) porque esto estaba implícito en la evolución de la contradicción entre trabajo y capital. Pero en lugar de aceptar la evolución hacia una sociedad igualitaria, el capitalismo ha preferido desatar las fuerzas del caos, es decir, el nacionalismo, el fascismo, la guerra.
En la era moderna, cuando la Razón reivindicaba la tarea de gobernar las pasiones humanas y los intereses contrapuestos, el derecho actuaba como una fuerza capaz de preservar el orden e impedir que la sociedad se autodestruyera.
Pensemos, por ejemplo, en el rol del derecho internacional en las relaciones entre países y bloques geopolíticos opuestos: el objetivo de la política estatal no era imponer la Razón a los acontecimientos humanos –ni lograr un orden pacífico y libre de conflictos–, sino actuar como un mecanismo de retroalimentación negativa. Este ponía en marcha los engranajes políticos y diplomáticos capaces de llevar a las fuerzas enfrentadas a la mesa de negociaciones, restableciendo así un cierto orden (por más inestable y provisorio que fuera, pero funcional) dentro del sistema internacional.

… y desintegración
La fase actual de desintegración puede describirse así: tras haber desactivado los dispositivos de retroalimentación negativa (derecho internacional, regulación de las emisiones tóxicas a la atmósfera, regulación de los armamentos, regulación del conflicto en el mercado de trabajo, regulación de los mercados financieros, etc.), los procesos de retroalimentación positiva se están multiplicando.
El capitalismo globalista liberal atribuía a los mercados la tarea de autorregularse. Tras la crisis del 2000 y la de 2008, la autorregulación del mercado ha funcionado de manera excelente para los capitalistas, aunque ha provocado un empobrecimiento de la población y un aumento desmesurado de las desigualdades. Como quiera que sea, ha funcionado.
La gran novedad del nuevo siglo radica en que los mecanismos de regulación, incluida la autorregulación de los mercados, han sido desmantelados uno tras otro: primero, en nombre de la libertad absoluta de mercado (desregulación); luego, en nombre del predominio del interés nacional, obviamente presagio de guerra interminable.
En la cumbre de Múnich realizada en febrero de 2026 (un año después de que, siempre en Múnich, J. D. Vance había declarado la ruptura de la relación de alianza con Europa), Marco Rubio explicó que las reglas del mercado son menos importantes que los valores de nuestra civilización, es decir, el racismo, la supremacía blanca y los privilegios coloniales.
Es preciso reconocer que los mercados son pésimos para la justicia social. Pero al menos tienen la dudosa ventaja de autorregularse, aunque sea a favor de los capitalistas y los bancos. La novedad de la era Trump-Putinista es esta: solo la fuerza, solo la amenaza, el chantaje, la violencia, el revólver en la sien son capaces de regular algo. Pero estas armas mafiosas no servirán para devolver estabilidad a la máquina global ahora que la guerra contra Irán, impulsada por los nazis de Sión, la ha atascado.
Ninguna autoridad internacional es capaz de desactivar la dinámica de aniquilación mutua que se ha puesto en marcha con la agresión rusa a Ucrania.
Ninguna racionalidad política o diplomática es capaz de detener el rearme de la Unión Europea, que se prepara para la guerra contra Rusia.
Además, si el equilibrio inestable sobre el que se sustenta cada vez más precariamente la economía global llegara a romperse, no habrá ninguna autoridad política que pueda imponer una estrategia común, como ocurrió tras la crisis de 2008; tampoco habrá ningún mecanismo de autorregulación del mercado.
Dadas las condiciones actuales del dominio de mafia etnonacionalista sobre la máquina-mundo, la próxima crisis económica promete coincidir con el inicio del fin de la civilización humana.
No podemos prever cuáles serán los próximos pasos de la desintegración: ¿será el estallido de la burbuja de la inteligencia artificial?
¿Será un cortocircuito en la relación entre criptovalores y deuda estadounidense?
¿Será la guerra entre China y Japón, cuando la señora Takaichi anuncie la decisión de fabricar la bomba nuclear? ¿O la guerra entre Japón y Rusia por las islas Kuriles?
¿O será la decisión rusa de acabar con el rearme europeo antes de que se haya completado?
¿O la invasión de Groenlandia?
¿O será una gran pandemia en condiciones de negacionismo sanitario?
¿O será un episodio de enfrentamiento armado entre poderes federales y poderes estatales en la guerra civil que, técnicamente, ya lleva meses en curso en los Estados Unidos de América?
Las chispas son muchas, y una de ellas podría encender el fuego en toda la pradera, y no habrá bomberos para apagar el incendio.
La que está en curso es una guerra de todos contra todos, porque el etnonacionalismo no conoce otro método para ajustar cuentas. Las muchas cabezas del dragón se devorarán entre sí. No será un espectáculo agradable, pero no podemos detenerlo.
Lo que sí podemos hacer es prever la evolución del mal, desertar de todo involucramiento en la guerra que se extiende, desertar de la reproducción de la especie y multiplicar las líneas de fuga, creando espacios de solidaridad entre quienes desertan del demencial juego suicida.
Nacido en 1948 en Bolonia, Italia, Franco Berardi “Bifo” es filósofo, ensayista, escritor y docente. Participó en el movimiento estudiantil italiano de 1968, en el grupo extraparlamentario Potere Operaio y posteriormente en la insurrección política y cultural de 1977. En esos años, fue fundador de Radio Alice, primera emisora pirata italiana, y colaborador de la revista A/Traverso. Como otros involucrados en el movimiento político de la Autonomía, fue perseguido y huyó a París, donde conoció y trabajó con Félix Guattari en el campo del esquizoanálisis. Durante los años ochenta asistió en Nueva York a los primeros pasos del ciberpunk y el ciberactivismo. De regreso a Italia, continuó con su actividad de animador y colaborador de revistas, editoriales y proyectos de mediactivismo. En 2002 fue fundador del canal comunitario Orfeo TV, como parte del movimiento telestreet. De 2000 a 2009 llevó adelante, con Mateo Pasquinelli, el e-zine rekombinant.org. En las últimas décadas
En castellano, y gracias a la colaboración de las editoriales Tinta Limón y Fabricantes de Sueños, se pueden leer La fábrica de la infelicidad (2003), Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo (2006), El umbral. Crónicas y meditaciones (2020), Medio siglo contra el trabajo (2023), Últimos fulgores de la modernidad. Trabajo, técnica y movimiento en el laboratorio de Potere Operaio (2024) y Pensar después de Gaza (2025).
Otros de sus libros traducidos al castellano son Telestreet. Máquina imaginativa no homologada (Viejo Topo, 2004), El sabio, el mercader y el guerrero (Acuarela, 2007), Félix (Cactus, 2013), La sublevación (Hekht, 2014), El trabajo del alma (Cruce, 2016), Fenomenología del fin (Caja Negra, 2017), Futurabilidad (Caja Negra, 2019) y Desertemos (Prometeo, 2024).
Notas
- Un artículo de Giorgio Cesarale y Matteo Pasquinelli reconstruye la evolución del concepto de katechon y, desde este punto de vista, critica las posturas ideológicas de Peter Thiel: “Él considera que la cultura ‘woke’ es un poder katechónico que provoca estancamiento. También incluye al Club de Roma y su informe Los límites del crecimiento en esta ‘cultura del estancamiento’”. https://www.e-flux.com/journal/164/6776901/the-algorithm-and-the-antichrist-political-theology-at-the-sunset-of-silicon-valley ↩︎︎