La arquitectura y el continuum refugio-escombros-polvo

Sobre la disminución, I • Por Achile Mbembe

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Campamiento de Jabalia, Gaza, tras bombardeo israelí, 16 de octubre de 2024. Fotografía: UNRWA

Campamiento de Jabalia, Gaza, tras bombardeo israelí, 16 de octubre de 2024. Fotografía: UNRWA

Original en inglés: Insurgent Geologies (e-flux), mayo de 2025 • Traducción: Dazi Bao

1.

Además de hacer fuego, cazar animales o cocinar alimentos, construir un refugio debió de ser una de las primeras actividades conscientes que los seres humanos llevaron a cabo desde el momento en que pudieron mantenerse en sus pies. El nacimiento de la arquitectura debió de ser concomitante con el ascenso a la verticalidad, es decir, el momento en que los humanos adquirieron la capacidad de caminar erguidos como consecuencia del desarrollo del aparato cerebral. A partir de ese momento, la mano dejó de ser una mera herramienta. Estrechamente conectada con el cerebro, se convirtió en una “fuerza impulsora” que vincula herramientas y lenguaje, imagen y significado.

La revolución urbana descrita por Gordon Childe fue precedida por la domesticación de plantas y especies animales. En parte como resultado de la combinación de comercio, conquista y migración, condujo a la transformación de las instituciones sociales y allanó el camino para nuevas maneras de construir casas, templos y monumentos públicos.1 La gestión de asentamientos humanos para los pobres urbanos y la construcción de moradas a una velocidad y escala sin precedentes han sido marcas distintivas de modernidad.2 En parte ingeniería (energía y transporte), en parte medicina (agua, saneamiento e higiene), en parte agricultura (seguridad alimentaria) y en parte información y comunicación, la arquitectura actual está entretejida con toda la fábrica de la vida y la existencia, tanto material como inmaterial. Es una dimensión clave de lo que André Leroi-Gourhan denominó una vez “tecnología sistemática”.3

2.

Al igual que la escritura o la imprenta, la construcción de un refugio fue una piedra angular de la transformación que ha experimentado la especie humana. Como forma de cognición puesta en práctica, ha contribuido al desarrollo de capacidades humanas vitales como el control y la eliminación de residuos, las necesidades de alimento y agua, las prácticas de cuidado mutuo, la defensa y la protección, e incluso la sexualidad y otras formas de individuación.

Dado que el arte de construir un refugio humano era lo mismo que la ciencia de mantenerse con vida, la arquitectura fue definida en la metafísica africana precolonial como uno de los muchos utensilios de la vida. Un testimonio vívido de este proyecto de mantenerse con vida es la arquitectura de piedra, barro y tierra de los dogon (Mali). Las casas dogon típicas estaban hechas de estructuras de piedra seca y cubiertas de tierra. Por lo general, se construían sobre la ladera de acantilados. Nunca muy lejos se encontraban pequeños graneros rectangulares moldeados a mano con una delgada capa de tierra que permitía que la estructura “respirara”. Sus techos estaban cubiertos de paja para protegerse de la lluvia. Revocadas con tierra desde el interior para sellar las grietas, el interior se componía de varios compartimentos para almacenar diferentes granos.

En un entorno marcado por mesetas de arenisca, escarpes empinados, acantilados y llanuras, se había arraigado una larga tradición de construcción con ladrillos de barro y graneros de arcilla hechos a mano. La forma y la estructura de estas casas fueron moldeadas por la geología y el clima, y daban testimonio del impacto continuo de múltiples fenómenos de erosión. Este estilo de arquitectura de barro o tierra era inseparable de las cosmogonías, la organización social y la vida ritual dogon. La tierra era la madre de la vida y el cielo era el padre que, a través de la lluvia, hacía fértil la tierra, lo que hacía posible la vida.4 Nichos y puertas solían estar decorados con motivos esculpidos que reflejaban la metafísica dogon sobre la vida y la muerte, el día y la noche, el género y la reproducción, así como los intercambios e interacciones entre animales y humanos.5

En otras partes de África, los seres humanos siempre fueron más que humanos. Con herramientas, podían superarse a sí mismos.6 Como resultado, construir una casa era más que un acto de ingeniería; un esfuerzo manual, físico y muscular. Implicaba, desde el origen, el afloramiento y el desciframiento de imágenes y conceptos. Fusionaba la estética conceptual, sensorial e inmersiva (luz y sombra, volumen, textura, aroma, sonido) con funcionalidades necesarias. Un refugio no era meramente un contenedor. Era, por definición, un espacio dialógico de encierro y apertura. Era la expresión de la morada del ser humano en la tierra y el medio a través del cual el ser humano tomaba forma y existía en compañía de todas las demás formas de vida y entidades.

Es por eso que no existía arquitectura sin la presencia, por tenue que fuera, del lenguaje dentro de la materia. La arquitectura consistía en la transformación de materia o materiales en una imagen y un concepto. Era similar a la transcripción simbólica de fuerzas vitales, la infusión de sustancias de vida y la liberación de energía en la materia y los materiales. Era una parte constitutiva de las infraestructuras vitales y de los artefactos semánticos y materiales necesarios para sostener el proceso permanente de convertirse en personas plenamente humanas.

Si el sentido podía ser diseñado a través de materiales, estos, a su vez, podían servir como refugio y conductos para la diseminación de imágenes, conceptos y lenguaje. El lenguaje, las imágenes, los símbolos, los conceptos y el sentido estaban destinados a encontrar su hogar en lo elemental, induciendo a este último a liberar energías vitales necesarias para la personalidad. Por eso la destrucción de un refugio humano o de una vivienda humana –el nivel más alto de terror– era considerado un acto absolutamente inhumano.

3.

Una característica clave de nuestra era –la era del brutalismo– es el grado en que el poder “limpia” territorios y fabrica miseria. “Deshogarización” debería ser el nombre de este cataclismo. Deshogarizar es el acto de atacar deliberadamente hogares, destruir refugios y acortar la vida de clases enteras de poblaciones humanas consideradas superfluas. Es un proceso de excreción cuyo objetivo final es convertir a la humanidad no deseada en desecho. En el proceso de deshogarización, las capacidades de supervivencia de las personas son severamente mutiladas, y sus capacidades de vida generativa son comprometidas en términos de muchas generaciones. Deshogarizar no es un acto aleatorio. Es un programa de desarraigo activo y privación de los recursos más esenciales necesarios para vivir como persona humana en sociedad, comenzando por la necesidad de alimento y refugio. No es solo un detonante clave de la miseria (como, en el caso de Sudáfrica, los programas de desalojo forzoso).7 En la era brutalista en la que hemos entrado, la deshogarización es el nuevo medio de selección social y política.

4.

Pero, ¿qué es deshogarizar sino una forma de librar una guerra contra enemigos cuyos entornos de vida y condiciones de supervivencia han sido destruidos de antemano: mediante el uso de munición de uranio perforante y armas prohibidas como el fósforo blanco; mediante bombardeos a gran altitud de infraestructuras básicas; mediante cócteles de sustancias químicas cancerígenas y radiactivas depositadas en el suelo y que llenan el aire; mediante el polvo tóxico de los escombros de ciudades arrasadas y la polución causada por incendios de hidrocarburos.8

Y qué sería de la deshogarización sin las bombas: bombas ciegas convencionales convertidas mediante la instalación de sistemas de navegación inercial en la cola; misiles de crucero con cabezas de localización por infrarrojos; bombas de microondas diseñadas para paralizar los centros neurálgicos electrónicos del enemigo; bombas que explotan en ciudades, emitiendo rayos de energía similares a los de un rayo a su paso; otras bombas de microondas que no matan, pero queman a las personas y aumentan la temperatura de la piel; bombas termobáricas que desencadenan muros de fuego, absorbiendo el oxígeno de espacios más o menos cerrados, matando por ondas de choque y asfixiando a casi todo lo que respira; bombas de fragmentación, cuyos efectos sobre la población civil son devastadores, ya que se abren sobre el suelo y se dispersan sin precisión y sobre grandes áreas; municiones mínimas destinadas a explotar al entrar en contacto con los objetivos; todo tipo de bombas, la demostración ad absurdum de un poder de destrucción sin precedentes.9

Esta forma de guerra de estupefacción –calculada y programada, llevada a cabo con nuevos medios– es una guerra contra la idea misma de habitar. Las bombas no apuntan a cuerpos particulares, sino a ciertas masas humanas cuyos órganos deben ser objeto de una incapacitación específica, heredable de generación en generación: los ojos, la nariz, la boca, los oídos, la lengua, la piel, los huesos, los pulmones, los intestinos, la sangre, las manos, las piernas. Todos esos individuos mutilados, paralíticos y sobrevivientes; todas esas enfermedades pulmonares como la neumoconiosis; todos esos rastros de uranio en el cabello, los miles de casos de cánceres, abortos, malformaciones infantiles, deformaciones congénitas, tórax dañados, disfunciones del sistema nervioso: la gran fisura.10

5.

La era del brutalismo es similar a la era de los escombros y el polvo. Estamos rodeados de innumerables ciudades de escombros y polvo: Grozni, Homs, Alepo, Gaza. La memoria se refugia ahora en el barro, en los escombros y en el polvo.

En la era del brutalismo, volver a casa no se puede dar por sentado. De todos modos, pocos tienen hogares a los que regresar.

En estos tiempos alucinatorios, la arquitectura consiste en reconstruir vidas. Se trata de restaurar los medios de subsistencia y la provisión de refugio a quienes, habiendo perdido todo y quedándose sin hogar, “solo pueden sentirse en casa en sus propios cuerpos”.11

Se trata de reabastecer refugios y construir ciudadelas de supervivencia. El reabastecimiento de refugios comienza con la identificación y la eliminación de residuos peligrosos, incluyendo municiones sin detonar (UXO) y residuos médicos, así como con la limpieza y el reciclaje de millones de toneladas de escombros. La arquitectura se convierte en un proyecto de limpieza de escombros para que los desahuciados puedan tener refugios más seguros mientras comienzan a reconstruir sus vidas.


Nacido en 1957 en el Camerún francés, Achille Mbembe es historiador y filósofo, dedicado a la historia africana, los procesos poscoloniales y la deriva necropolítica del capital contemporáneo. Actualmente, es profesor titular de Historia y Ciencias Políticas en la Universidad de Witwatersrand (Johannesburgo) e investigador en el Instituto Wits de Investigación Social y Económica (WiSER).

En castellano, tiene publicados artículos como Necropolítica, seguido de Sobre el gobierno privado indirecto (Melusina, 2011) y Notas provisionales sobre la poscolonia. La estética de la vulgaridad (En Negativo, 2023), y sus libros Crítica de la razón negra. Ensayo sobre el racismo contemporáneo (Futuro Anterior/NED, 2016), Políticas de la enemistad (Futuro Anterior/NED, 2018), Salir de la gran noche. Ensayo sobre África descolonizada (Belaterra, 2021), Brutalismo (Paidós, 2022), y La comunidad terrestre. Reflexiones sobre la última utopía (NED, 2024)


Notas

  1. Gordon Childe, The urban revolution, The Town Planning Review, 21(1), abril de 1950, 3-17. ↩︎︎
  2. Marcel Griaule, Conversations with Ogotemmêli: An introduction to Dogon religious ideas, Londres, Oxford University Press, 1965. ↩︎︎
  3. Alan Mabin, A century of south african housing acts 1920-2020, Urban Forum, (31), 2020, 453-472. ↩︎︎
  4. Véase Amos Tutuola, The palm-wine drinkard, Londres, Faber & Faber, 1952, y My life in the bush of ghosts, Londres, Faber & Faber, 1954. ↩︎︎
  5. Catherine Lutz y Andrea Mazzarino (eds.), War and health: The medical consequences of the wars in Iraq and Afghanistan, Nueva York, New York University Press, 2019; Barry S. Levy y Victor W. Sidel, Documenting the effects of armed conflict on population health, Annual Review of Public Health, 37 (2016), pp. 205-218. ↩︎︎
  6. Laurine Platzky y Cheryl Walker, Forced removals in SA, Johannesburgo, Ravan Press, 1985. ↩︎︎
  7. Véase Joseba Zulaika, Hellfire from Paradise Ranch: On the frontlines of drone warfare, Berkeley, University of California Press, 2020; Katherine Chandler, Unmanning: How humans, machines and media perform drone warfare, New Brunswick, Rutgers University Press, 2020. Véase también Jairus Victor Grove, Savage ecology: War and geopolitics at the end of the world, Durham, Duke University Press, 2019; Achile Mbembe, Políticas de la enemistad, Barcelona, Futuro Anterior, 2018. ↩︎︎
  8. André Leroi-Gourhan, Gesture and speech, Cambridge, MIT Press, 1993. ↩︎︎
  9. Marcel Griaule y Germaine Dieterlen, Le renard pâle, París, l’Institut d’Ethnologie, 1965. ↩︎︎
  10. John R. Logan y Deirdre Oakley, Black lives and policing: The larger context of ghettoization, Journal of Urban Affairs, 39(8), 2017, pp. 1031-1046; Calvin John Smiley y David  Fakunle, From ‘brute’ to ‘thug’: The demonization and criminalization of the unarmed black male victims in America, Journal of Human Behavior in the Social Environment, 26(3-4), 2016, pp. 350-366. ↩︎︎
  11. Arjun Appadurai, Spectral housing and urban cleansing: Notes on millennial Mumbai, Public Culture, 12(3), 2000, pp. 627-651. ↩︎︎