Istubalz, collage sin nombre (2022)
Original en italiano: Il Disertore, enero de 2026 • Traducción: Dazi Bao
Lo que impacta del asesinato a sangre fría de la poeta Rene Nicole Good en Minneapolis es el carácter caótico, insensato de la sucesión de acontecimientos: un grupo de hombres (en el sentido de machos) enmascarados y armados con fusiles se mueven de un lado a otro por una calle entre montones de nieve, dando tumbos, gritando frases inconexas, mientras una mujer, al volante de su coche, intenta alejarse de esa banda de hombres armados: los milicianos superpagados del ICE. Se trata de una milicia de desequilibrados al servicio de un hombre que grita, amenaza e insulta todos los días, declarando con palabras y hechos que ya no queda ninguna ley en vigor, salvo su fuerza destructiva y su conciencia, la conciencia de un violador, de un jefe mafioso, de un miserable idiota absolutamente ignorante al que el pueblo estadounidense le ha entregado un poder ilimitado.
Ya no vale ninguna otra ley, ni el derecho internacional ni la compasión por quien sufre. Solo valen las leyes de la fuerza y de la locura. Sabemos a quién pertenece la fuerza, sabemos cuáles son sus reglas, pero la locura es un juego sin reglas que podría escapar de las manos de la fuerza.
¿Tenemos derecho a denunciar la evidente demencia del presidente de los Estados Unidos como si fuera una culpa política? Por supuesto que no. Hace mucho tiempo que aprendimos a no considerar la locura como una culpa, ni como algo que te expone al escarnio público o a la internación en un hospital psiquiátrico. El factor L de locura no es más que uno de los factores que determinan la caída en picada de la historia humana en una sucesión de violencia y de venganza. Un factor entre muchos, pero quizás el principal.
Desde los años setenta, cuando con Franco Basaglia, David Cooper y Félix Guattari sustrajimos la desviación psíquica del juicio de la ley y de la internación psiquiátrica, sabemos que no se puede liquidar la cuestión de la locura de manera apresurada: no podemos resolver el problema del sufrimiento mental encerrando a los locos en una prisión. Pero tampoco podemos considerar irrelevante la locura, como si fuera algo que no nos concierne.
Entendimos luego que no es posible comprender algo de la locura sin entender el sufrimiento que el loco lleva dentro de sí, la historia de abusos, de humillaciones, de abandonos, soledades y marginaciones que se agita en sus delirios.
Pero también entendimos el sufrimiento que el loco puede causar a otros, a quienes están más cerca de él, y a veces (cada vez más a menudo desde Hitler en adelante) el sufrimiento que el loco puede causar a millones de mujeres y de hombres, a poblaciones enteras.
El verdadero enigma del siglo XXI no es tanto por qué personajes como Donald Trump, Javier Milei o Nigel Farage tienen tanto poder como para imponer su locura como política de gobierno, sino por qué millones de personas, jóvenes y ancianos, votan a estos individuos y les conceden la posibilidad de devastar la existencia colectiva.
Debemos, pues, profundizar en dos cuestiones.
La primera: ¿qué tipo de patologías acompañan al delirio de poder que, cada vez con mayor frecuencia, se transforma en fuerza de atracción política?
La segunda: ¿qué confusión mental, qué sufrimiento, qué humillación lleva a las masas a seguir a Adolf Hitler o a Donald Trump en el abismo de horror que emana de sus cerebros?
¿Qué relación hay entre la violencia sufrida (generalmente en la infancia) y la crueldad propagandizada, perseguida, organizada por esta nueva camada de psicóticos en el poder?
Existe toda una galería de psicópatas afortunados a los que la demencia les abrió las puertas del poder político: pienso sobre todo en el ejemplo quizás más evidente, el presidente de Argentina, llevado triunfalmente al poder por un electorado sobre todo joven. ¿Por qué un tipo que se presenta como un sádico deseoso de hacer daño a la gran mayoría de la población argentina ha obtenido el apoyo entusiasta de una gran mayoría de jóvenes destinados a sufrir miseria, precariedad y esclavitud?
Milei se volvió famoso en el mundo cuando se presentó en público con una motosierra y declaró que esa herramienta le serviría para golpear a los parásitos, es decir, a los trabajadores públicos, la escuela, la salud y quién sabe a quién más. La razón por la que millones de jóvenes se ha identificado con él es el odio (totalmente justificado) hacia las políticas neoliberales que gran parte de la izquierda mundial (y argentina) ha perseguido en las últimas décadas. Pero la otra razón es la ola de psicosis nihilista que ha convulsionado la mente colectiva.
No importa que Milei se propusiera (sin ocultarlo) intensificar las políticas de empobrecimiento, llevarlas al paroxismo. La exasperación extrema de la violencia económica aparece –en una lógica aceleracionista– como una especie de revelación, una denuncia delirante. A falta de alternativa a la rapiña neoliberal, las víctimas de esa agresión parecen a veces deseosas de que la agresión se manifieste en toda su maldad, como si en algún punto una política disparatada pudiera convertirse en su contrario o abrir nuevos horizontes.
Pero hay algo más en la ola de adhesión al sadismo político organizado. Para entender esta adhesión es necesario referirse al colapso de la racionalidad política: «La Razón nos ha engañado durante mucho tiempo, parece decir el votante de Milei o de Trump, ahora probemos la sin/razón».
En Historia de la locura, Michel Foucault explica que la creación de los manicomios y la internación de los anormales fueron modalidades útiles para distinguir institucionalmente el espacio de la Razón del espacio de la sin/razón.
La Razón se había revelado, finalmente, como razón de la explotación y de la acumulación. Por lo tanto, la sin/razón ha sido (y sigue siendo) el refugio de muchos que no aceptan sufrir al infinito la explotación y la humillación.
En su libro Todo lo que querías saber sobre las ultraderechas, el psicoanalista argentino Yago Franco explica que es totalmente inútil acusar a Milei de estar loco. Todo el mundo lo sabe, y muchos lo votan precisamente por ello.
“Para muchos no caben dudas de que Milei está loco, y aun así el 30 por ciento de los votantes lo eligió en primera vuelta y más del 50 por ciento en el balotaje. El discurso que pretende descalificarlo por su estado de salud mental no considera, no acepta, no entiende que muchos lo eligen justamente por eso: por su locura. Eligen a un loco, un personaje que les entusiasma, que encarna su hartazgo, su bronca, su impotencia. Para sus adeptos, el hecho de que esté loco no hace más que reforzar su elección, y probablemente atraiga a más votantes”.
Imaginario de extinción psicótica
La distopía predomina en el imaginario contemporáneo, en la producción literaria y cinematográfica.
Las catástrofes que se ciernen sobre los glaciares y los bosques, sobre los mares y las ciudades, tal vez podrían mantenerse bajo control, aunque parece difícil que puedan revertirse. Pero el colapso de la mente colectiva hace improbable salir vivos de ello.
Que se siga invirtiendo en la guerra mientras los océanos crecen es signo indiscutible de un colapso mental.
Por lo tanto, debemos ocuparnos de esto para comprender en qué punto nos encontramos en la parábola descendente destinada a llevar a la especie humana a su extinción.
Las tres películas que en 2025 han atraído mi morbosa curiosidad giran alrededor del tema de la locura. La locura algorítmica es el tema de la película de Catherine Bigelow A house of dynamite [Una casa llena de dinamita]. La psicosis colectiva que alimenta la guerra de todos contra todos es el tema de Eddington, de Ari Aster. La extinción como destino ineludible que solo una mente paranoica (pero por ello lúcida) es capaz de prever es el tema de Bugonia, la nueva obra maestra de Yorgos Lánthimos.
Ari Aster ha hecho una película sobre la guerra civil en el occidente contemporáneo: nada que ver con el estúpido film de Alex Garland, Civil war [Guerra civil], ni con la espectacular pero inútil película de Thomas Paul Andersen, A battle after another [Una batalla tras otra]. La guerra civil estadounidense no es librada por ejércitos en marcha, no es animada por frentes ideológicos opuestos, ni por proyectos más o menos revolucionarios.
Es una guerra que se está librando desde hace tiempo con armas pulidas en el sótano por el abuelo y con ametralladoras compradas en el supermercado, una guerra que estalla sin razón e impacta en víctimas que pasaban cerca por casualidad.
Es la guerra desencadenada por el odio racista y librada por los sicarios del ICE, individuos a los que el Estado paga para que vayan a secuestrar a pobres que trabajan en alguna obra en construcción o en un restaurante o en una granja, pero que no tienen documentos y no pueden ocultar que sus rasgos no son perfectamente arios.
Ari Aster ha captado lo esencial de la forma contemporánea de la guerra civil: que no existen frentes reconocibles ni motivaciones comprensibles, porque todos los participantes en la comedia trágica padecen formas diferentes de demencia. Están enfermos. Todos. Todos están muy mal, como la madre toxicómana del vicepresidente Jack Vance o como la abuela que el propio Vance nos pinta como si fuera una heroína, en su novela Hillbilly Elegy [Elegía campesina].
Todos toman psicofármacos de diversos tipos, en su mayoría opiáceos obtenibles sin problemas previa presentación de una receta médica. El sheriff Joaquim Phoenix toma psicofármacos, la madre de Vance toma psicofármacos. ¿Qué psicofármacos toman los agentes del ICE?
Las víctimas de esta guerra son, ante todo, las cien mil personas que mueren por sobredosis provocadas por un fármaco producido y distribuido legalmente por la Big Pharma, mientras que el ejército yanqui bombardea pescadores venezolanos como responsables de la intoxicación de los buenos ciudadanos estadounidenses.
La verdad es que en ese país todo es incompatible con la vida humana, y los seres humanos que tienen la desgracia de nacer en él o, peor aún, de emigrar allí, se hunden en ese lodo y en ese horror sin mucha esperanza de salvación.
Antes de la pandemia, Joaquin Phoenix fue el héroe del sufrimiento solitario (pero contagioso) del Joker. Ahora, tras la pandemia, Phoenix regresa y sube a escena como sheriff de Eddington, para volver a contar cómo el sufrimiento solitario de todos los ciudadanos estadounidenses, atrapados en ese infierno que pretende ser el mejor de los mundos posibles, se ha convertido en un concierto cacofónico de palabras y de acciones sin sentido. En un momento dado, en la película, el sheriff Phoenix graba en vídeo un discurso delirante y luego ordena a su perplejo ayudante que publique inmediatamente su perorata “antes de que lo piense”.
Ya nadie tiene tiempo para pensar, y de todos modos nadie es capaz de hacerlo. El resultado es evidente: al igual que tantas masacres masivas que se producen en escuelas o iglesias, la presidencia de Trump es un espectacular suicidio destinado a consumarse, pero solo después de una serie de crímenes espantosos cuyo resultado será quizás la extinción de la especie humana.
Si Ari Aster ha hecho una película sobre el magma psicótico en el que se hunde la sociedad de ese país, es decir, sobre el inconsciente suicida y sus manifestaciones impredecibles, Katryn Bigelow, en cambio, ha hecho una película sobre la perfecta racionalidad de la máquina bélica, capaz de trazar segundo a segundo la trayectoria de un misil atómico que se dirige inexorablemente hacia Chicago, pero que no puede entender ni quién lo ha lanzado ni por qué. La locura algorítmica del sistema militar guiado por inteligencia artificial.
La probable extinción de la especie humana es aquí narrada como efecto de la inexorable concatenación de dispositivos guiados por inteligencia artificial, como implicación perfectamente lógica del sistema global de seguridad.
Más seguridad como esa, y morimos.
Por último, Bugonia, de Yorgos Lánthimos, un film sorprendente y profundo: el delirio conspirativo de un incel asesino serial traído al mundo por una madre toxicómana y abusado por un baby sitter policía. ¿Es realmente un delirio o es la verdad? Quizás sea la única verdad a la que podamos aferrarnos hoy en día: la verdad de la esperable extinción de la especie humana ya sin humanidad.
Nacido en 1948 en Bolonia, Italia, Franco Berardi “Bifo” es filósofo, ensayista, escritor y docente. Participó en el movimiento estudiantil italiano de 1968, en el grupo extraparlamentario Potere Operaio y posteriormente en la insurrección política y cultural de 1977. En esos años, fue fundador de Radio Alice, primera emisora pirata italiana, y colaborador de la revista A/Traverso. Como otros involucrados en el movimiento político de la Autonomía, fue perseguido y huyó a París, donde conoció y trabajó con Félix Guattari en el campo del esquizoanálisis. Durante los años ochenta asistió en Nueva York a los primeros pasos del ciberpunk y el ciberactivismo. De regreso a Italia, continuó con su actividad de animador y colaborador de revistas, editoriales y proyectos de mediactivismo. En 2002 fue fundador del canal comunitario Orfeo TV, como parte del movimiento telestreet. De 2000 a 2009 llevó adelante, con Mateo Pasquinelli, el e-zine rekombinant.org. En las últimas décadas
En castellano, y gracias a la colaboración de las editoriales Tinta Limón y Fabricantes de Sueños, se pueden leer La fábrica de la infelicidad (2003), Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo (2006), El umbral. Crónicas y meditaciones (2020), Medio siglo contra el trabajo (2023), Últimos fulgores de la modernidad. Trabajo, técnica y movimiento en el laboratorio de Potere Operaio (2024) y Pensar después de Gaza (2025).
Otros de sus libros traducidos al castellano son Telestreet. Máquina imaginativa no homologada (Viejo Topo, 2004), El sabio, el mercader y el guerrero (Acuarela, 2007), Félix (Cactus, 2013), La sublevación (Hekht, 2014), El trabajo del alma (Cruce, 2016), Fenomenología del fin (Caja Negra, 2017), Futurabilidad (Caja Negra, 2019) y Desertemos (Prometeo, 2024).